LO ORDINARIO Y EXTRAORDINARIO DE LA VIDA


Junto al P. Alfonso Schumacher, hicimos una visita  al Colegio Fiscal  “El Puente”. Durante el recreo muchos jóvenes se acercaron para saludarnos,  uno de ellos me dijo: “Monseñor, nuestra vida se compone de los pequeños detalles de cada día, como las clases del colegio. Si las atendemos bien, entonces lo ordinario se vuelve extraordinario”.

Los pequeños y grandes signos
Ese acontecimiento me hizo pensar en el tiempo ordinario que iniciamos, luego del Pentecostés. También en este tiempo, a nivel litúrgico, paralelos a los domingo, día del Señor, celebramos extraordinarias fiestas de nuestra fe, tales como: La Solemnidad de Corpus Cristi (7.06), el domingo de la Santísima Trinidad (3.06), Sagrado Corazón de Jesús (15.06), y las fiestas de los santos; San Juan Bautista (24.06) y San Pedro y Pablo (29.06).
El secreto para vibrar con estos grandes misterios de nuestra fe, reside en vivirla, desde pequeños acontecimientos cotidianos, tal como lo expresó aquel sencillo estudiante de “El Puente”. Y esto se materializa, por ejemplo: al priorizar la oración personal y comunitaria; al cuidar nuestro cuerpo, al limpiar y mantener nuestra habitación; al saludar a las personas en la calle, en la oficina parroquial, o la atención  esmerada a los grupos parroquiales, etc.
 
Asambleas Zonales
             En el mes de mayo se organizaron los encuentros de las distintas zonas del Vicariato (cf. La Memoria en este Mensajero). La finalidad de estos encuentros es tomar conciencia sobre los acuerdos  de la última Asamblea Pastoral respondiendo a las siguientes preguntas: ¿cómo estamos trabajando?, ¿qué logros y dificultades tenemos como parroquia?, ¿cómo los podemos superar y avanzar?.  Nos damos cuenta que las alegrías y las penas son pan de cada día y muchas veces se convierten en denominador común:   solos no podemos avanzar, pero unidos  en el Señor y entre nosotros, desde la llamada , podremos vencer las dificultades que se presenten en nuestras labor pastoral.
Acompañar al Pueblo con la Palabra de Dios
En el mes de abril, después de la Pascua, iniciamos la formación bíblica para nuestros agentes pastorales.  Como los discípulos de Emaús, queremos aprender a escuchar sus enseñanzas a través de las Escrituras de la Antigua Alianza y sobre todo de la Nueva Alianza firmada con su muerte y Resurrección (cfr. Lc 24, 13-35).Solamente con esta apertura a su Palabra, movidos por el Espíritu Santo que ha sido derramado en nosotros, seremos capaces de reconocerlo en nuestra vida;  no solo en nuestros logros, sino también en nuestras dificultades y fracasos.

Esta amistad con Jesús mediante su Palabra, es la mejor manera de celebrar la Eucaristía dominical, para prolongar su significado en los días ordinarios. Como pastores, nos extraña la ausencia de nuestros fieles en las celebraciones eucarísticas. Mirando el ejemplo que nos ha dejado el Señor en los discípulos, debemos preguntarnos, ¿Qué hemos hecho antes de la Misa? ¿Cómo hemos acompañado al Pueblo de Dios en su vida ordinaria, en sus conflictos y desilusiones? ¿Supimos escucharlos y preguntar cómo lo hizo Jesús? ¿Supimos iluminar con la Palabra de Dios? Estoy convencido que si cuidamos estos sencillos detalles de la vida ordinaria, y lo relacionamos con la Palabra de Dios, la celebración dominical se volverá verdaderamente un acontecimiento extraordinario, lleno de gozo y de entusiasmo por encontrarnos con el Señor de la Vida y con los hermanos en la fe, reunidos alrededor de la mesa del Señor.

Nuestro viático
  Precisamente la Solemnidad del “Cuerpo de Cristo” que celebraremos en este mes, nos introduce en este misterio de Comunión con Él Señor y con todos los miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. ¡Qué dichosos debemos estar nosotros los hijos de la Iglesia Católica por tener al Señor presente entre nosotros, en el pan consagrado y vino consagrado que se parte y comparte como viático, como  alimento para el camino!

Pero este don es también una tarea. Quien recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo, está invitado a vivir eucarísticamente. Esto significa creer que el pan partido es un fermento de renovación de las personas, de la Iglesia y de la sociedad;  y crear lazos de comunión en un mundo roto y enfrentado; colaborar respetando los carismas y capacidades de todos;  aprender a servir y vivir en el amor.
Quiero terminar este mensaje con las palabras del canto a la Virgen María, Madre de los apóstoles: “María, aumenta nuestra entrega y nuestro amor, nuestra fidelidad a la Palabra, nuestra fe en el poder de la oración,… incúlcanos el celo abrasador que tuvieron un día Pedro y Pablo respondiendo a la llamada del Señor”.

Mons. Antonio Bonifacio Reimann OFM